| 12/02/2020
"Necesito despedirlo frente a su cruz": La madre de un soldado correntino de Malvinas
Elma Pelozo, mamá de Gabino Ruiz Díaz, nunca pudo honrar a su hijo en la tumba recientemente identificada por un grave problema de salud. Hoy los médicos la autorizan a ir a las islas. La Fundación No Me Olvides lanzó una campaña para que pueda volar en un avión sanitario. Su hijo fue clave en la identificación de los cuerpos en Darwin.

Elma Pelozo es la madre del soldado Gabino Ruiz Diaz, muerto en la batalla de Goose Green, el 28 de mayo de 1982. Desde Colonia Pando, un paraje en Corrientes, sueña con viajar a la islas para honrar a su hijo.

La apretada letra de Gabino Ruiz Díaz, en la amarillenta hoja de encotel –Empresa Nacional de Correos y Telégrafos–, que con franqueo pago había llegado desde las Islas Malvinas, le anunció a su madre que debía esperar lo peor. “'Cambacito' sabe que no va a volver”, se dijo Elma Pelozo (hoy 80), sentada en la cocina de su casita de adobe y chapa, en Colonia Pando, a 140 kilómetros de la ciudad de Corrientes.

“Siento orgullo, mami. Yo juré por nuestra bandera y tengo que cumplir. Si Jesús luchó por nosotros y nos liberó, yo lo haré por mi Patria”, estiró las palabras para llenar el renglón con su caligrafía infantil en aquel lejano 1982.

En soledad Elma dejó escapar una lágrima, que rápidamente secó con el repasador. No quería que su familia la vea triste. Su Cambacito (“por negrito”, aclara) estaba en Malvinas y se había transformado en el orgullo de la humilde colonia donde cosechaban tabaco y sandías.
A su memoria regresaron esa tarde todas las imágenes del día en que su hijo se fue a la guerra para siempre.

“La última vez que lo vi fue el 10 de marzo del ’82. Se vino para la casa arriba de su tordillo negro para despedirse de los hermanos, hablar con su padre y darme un beso lleno de amor”, recuerda y busca la única foto que Gabino se sacó en toda su vida. Gastada por los años, con los colores apagados por el paso del tiempo, allí se lo ve, con solo 19 años, posando orgulloso en su uniforme del Regimiento de Infantería 12 de Mercedes, Corrientes, donde le tocó hacer el servicio militar. Serio y firme en su camisa blanca, el pantalón y el corbatín caquis, el birrete con el escudo nacional apenas ladeado hacia la derecha, luce con honor su vestimenta de soldado.

La muerte al grito de sapucay

Elma acaricia la foto de su hijo. “En ese entonces éramos una familia feliz”, suspira. Casi 38 años después, esa familia ya no es la misma. Su marido, don Gabino, murió en 2011 luego de una penosa enfermedad que lo tuvo postrado durante una década. Pero ella encuentra otra explicación para el sufrimiento del único hombre que amó, que va mucho más allá de la medicina: “Empezó a apagarse el día en que le dijeron que su hijo estaba desaparecido en la guerra, que ya no volvería”.

Los recuerdos -entre mates y pastelitos de queso y dulce caseros- se cuelan por todos los rincones de esta casa que, gracias al dinero que recibieron de la pensión por el hijo muerto, tiene cielorraso, machimbre, cerámicos y ladrillos.

Elma relee aquella carta y llora en silencio. “Yo lucharé por mi Patria”, escribió Cambacito pocos días antes de morir en la cruenta batalla de Goose Green, el 28 de mayo de 1982. Llevaban días enfrentando al Segundo Batallón de Paracaidista británico cuando el joven correntino saltó de su trinchera y al grito de sapucay “les puso el pecho a los ingleses y salió a pelear a campo abierto, mientras nosotros nos quedábamos en el pozo”, recordó frente a Infobae Ramón Alegre, compañero en el Regimiento 12.

Mi hijo se fue a la guerra

Fue en el tiempo de Pascuas de Resurrección cuando Gabino se despidió de su familia."Llegó cuando ya caía la tardecita y me dijo: ‘Mañana me voy al Regimiento en un camión que lleva fruta’. Me acuerdo que tenía ese pulóver azul con botones de madera que le quedaba tan lindo… A la hora de la cena se sentó en la cabecera de la mesa, y todos nos sentamos rodeándolo para despedirlo. Fue como un cumpleaños. Comimos estofado de pollo y yo le herví unos fideos", recuerda Elma cada detalle con una precisión que conmueve.

“A la mañana siguiente ensilló el caballo muy tempranito y en silencio. Me vio en la cocina, callada y triste. Y vino y me abrazó”, cuenta. Antes de partir habló a solas con su padre, a quien siempre había obedecido sin cuestionar una sola de sus palabras, y cargó un pequeño bolso con todas sus pertenencias: un pantalón de abrigo, la camisa de fondo blanco con estampado en colorado y negro que usaba para los bailes, su pulóver azul y las botas del uniforme recién lustradas.

“Lo vi irse por ese camino. La imagen se fue haciendo chiquita y él cada tanto se daba vuelta y saludaba con la mano”, relata con angustia. En ese entonces Elma no sabía que su hijo se iba a la guerra. “Nadie del Regimiento llamó para decirme que se iban a las islas. Y tendrían que haberlo hecho…. Seguro ahora Galtieri está pagando en el infierno porque dejó morir a nuestros chicos y enlutó la Argentina”, finaliza con la voz quebrada.

Desaparecido en acción

Los mates siguen de mano en mano mientras cae la tarde. Elma, entrañable y cariñosa, casi susurrando confiesa: “Mi hijo murió en las Malvinas, pero vino a casa esa noche a despedirse”. Y relata que una mañana de mayo del 82′ se fue caminando por el baldío hacia la casa de su madre. Doña Lucía estaba angustiada y la recibió con una frase que sería premonitoria: “Tu hijo no va a volver”. Ella la cortó con dureza: “¡Cállese mamá! No hable de eso que de usted no depende”.

Esa noche se quedó a dormir en la cama que su hijo había usado desde los diez años, allí en la casa de la abuela. "Y sentí que Gabino vino, se acostó a mi lado y me besó. Sentí muy claramente la tibieza de su cuerpito", murmura. Era la madrugada del 29 de mayo de 1982, la misma fecha en la que su hijo cayó peleando en la batalla de Pradera del Ganso.
“Hoy sé que me visitó para despedirse. Yo sentí el calor de mi hijo que no quería irse sin decirme adiós”, cuenta.Y un día la guerra terminó. Los soldados volvieron al Continente. Los llevaron en trenes y camiones a sus pueblos. Pero Cambacito no regresó. Desesperada, Elma llegó jadeando al Regimiento: “¿Dónde está mi hijo?”, imploró. “El soldado Gabino Ruiz Díaz está desaparecido”, informaron los oficiales a cargo. Elma se quebró: “¿Desaparecido? ¿Dónde? ¿Va a volver? ¿Alguien lo vio?”. La única respuesta que obtuvo fue el silencio.

Mucho tiempo después de la guerra, tanto que ya no recuerda, le entregaron en la Municipalidad un sobre certificado con el remitente del Regimiento de Mercedes. En el mismo instante en que lo abrió, se desvanecieron todas sus esperanzas: “Esperé hasta el último momento que Gabino un día golpeara la puerta y regresara a casa. Figuraba como ‘desaparecido’ y eso me daba esperanzas. Pero en esa carta me vino la medallita de identificación. Tenía su nombre y su número de documento. Era una chapita de zinc, partida al medio, y estaba manchada de sangre seca. Ahí me di cuenta que Cambacito ya no volvería”

En unas islas lejanas

Durante años nadie volvió a hablar de Cambacito en la casa. Como si el silencio, el no nombrarlo, pudiera tapar el dolor de la ausencia. “Tenía algo atragantado en la garganta, se me hacía un nudo y se me atoraban las palabras”, asegura. En 1997 pudo viajar a Malvinas por primera vez. En el cementerio de Darwin recorrió las 237 cruces blancas, sin derramar una sola lágrima. “Allí sentí que estaba cumpliendo con lo que él me había pedido en sueños: no llorarlo en el lugar que sufrió y murió”.

Se abrazó a la placa que había llevado, y en la que había grabado su nombre, y caminó entre las tumbas. Ninguna cruz tenía el nombre de su hijo. “¿Dónde tengo que poner este recordatorio?”, se preguntó. “Esperaba sentir algo, una señal. Ahí, en la tercera fila, supe que debía apoyar el bronce. Fue algo interno, como si mi hijo me dijera: ‘Estoy acá, mami’. Entonces me arrodillé, dejé la placa y le recé”, recuerda.

Elma no pudo, en ese primer viaje, honrar a su hijo en una tumba con nombre. Durante casi cuatro décadas el cuerpo de Gabino Ruíz Díaz, como el de otros 122 caídos, no estaba identificado. Su cruz rezaba simplemente: “Soldado argentino solo conocido por Dios”

En 2017 los restos de Gabino fueron identificados gracias al Plan Proyecto Humanitario, luego de un acuerdo entre la Argentina y el Reino Unido. Con el trabajo de la Cruz Roja Internacional y del Equipo Argentino de Antropología Forense se supo finalmente que Gabino descansa en la parcela A, fila 2, tumba 15. Pero Elma nunca pudo visitarla.

La causa para devolverle el nombre a los caídos en Malvinas fue impulsada desde 2008 por el veterano Julio Aro -con el apoyo de esta periodista, Roger Waters y el coronel inglés Geoffrey Cardozo- luego de volar a las islas para cerrar su propia historia de guerra. Al visitar el cementerio quedó conmovido por las placas sin nombres ¿Dónde estaban sus compañeros? ¿Dónde estaban los que allí habían quedado?

Ese mismo año Aro creó la Fundación No me Olvides en Mar del Plata, y viajó -junto a José Raschia y José Luis Capurro, ex combatientes- a Londres para reunirse con veteranos ingleses de gran experiencia en la post guerra. El destino quiso que se cruzara con el coronel Cardozo, que oficiaba de traductor y en 1982 había sido enviado a las islas con la difícil tarea de recoger los cuerpos de los campos de batalla y darles honorífica sepultura en el cementerio. El militar británico les entregó su gran informe sobre las sepulturas de los argentinos en Darwin:

Ustedes van a saber qué hacer con esto

Las listas mostraban números, ubicaciones en el cementerio, detalles de dónde fueron las batallas y dónde se habían encontrado los muertos. En una columna aparecía un número: 16404614. Era el documento de Gabino. Aro recuerda: “Averiguamos que su mamá vivía en San Roque y fuimos a visitarla. Si había una posibilidad de hallar a su hijo ella debía saberlo”. Cuando llegaron al paraje correntino, Elma Pelozo no dudó: “Por favor, encuentren a mi hijo”.

La campaña por Elma

El pedido de esa madre fue el puntapié inicial que concluyó en el Plan Proyecto Humanitario. Fue la aguja que comenzó tejer esta historia que terminó con -hasta hoy- 115 soldados identificados.

Los familiares de estos soldados realizaron dos vuelos históricos a las islas, en 2018 y 2019. Los viajes humanitarios fueron organizados en toda su dimensión por Eduardo Eurnekian y Aeropuertos Argentina 2000. Pero Elma no pudo viajar. Por esos años su diabetes se había agravado y tuvieron que amputarle las piernas. Roberto Curilovic -director de desarrollo de nuevos negocios de AA2000, veterano de guerra y fundamental en la organización de estos vuelos- ofreció siempre un lugar para ella, pero los médicos no aconsejaron que hiciera la travesía.

Hoy, los doctores le han dicho que lo más difícil ya pasó, que puede volar. Julio Aro -quien siente a Elma como a una madre, y ella lo llama "hijo- decidió entonces lanzar una campaña para que finalmente pueda despedir a Gabino frente a la blanca cruz en Malvinas.“Necesitamos un avión sanitario por su tema de salud -explica Aro-. El Ejército Argentino nos facilitó un helicóptero que la llevará desde Colonia Pando al aeropuerto de Corrientes. Y de allí organizaremos el vuelo. El embajador inglés Mark Kent nos ayudó con todos los trámites en las islas. La compañía Royal Class de vuelos privados, a través de su dueño Miguel Livi, nos ofreció cobrar solamente el costo operativo del viaje. El veterano Celso Farías, colabora incansablemente... Necesitamos dinero para cubrir esos gastos y todos los costos en las islas. Muchas fundaciones nos están ayudando y todo aporte -sea difundiendo la historia, sea con un peso- es importante. Estamos muy agradecidos y solo queremos que Elma pueda visitar la tumba de su hijo”.

En el patio de la casa de Elma Pelozo hay un árbol florido. La madre lo señala y cuenta: “Cuando Cambacito estaba en las Malvinas yo miraba este árbol y pensaba que Dios suele cortar la flor que más quiere para llevarla a su lado. Entonces, yo elegía una flor cada día y se la dedicaba a Nuestro Padre celestial pensando que quizá así no se llevaría a mi hijo. Pero nadie escapa a su destino, hija, nadie”.

″Saber donde está el cuerpo de Cambacito me trajo paz -dice la madre-. Sueño con poder despedirlo frente a su cruz. Rezarle una oración a Dios para que lo tenga a su lado y me lo cuide en el Cielo. Y dejarle una flor. Será una de tela, como piden en las islas, pero no importa: es una flor que yo sueño ofrendarle desde que la guerra me lo quitó".


Cómo colaborar: A través de la página de la Fundación No Me Olvides, o bien con un depósito a la cuenta del Banco Provincia: Titular: Fundación No Me Olvides / No. de cuenta: 6189-50720/4 /CBU: 0140401601618905072049

Por Gaby Cociffi: Directora Editorial de Infobae

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